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COMPRENDER LAS RAZONES DEL SUICIDIO ENTRE LOS PUEBLOS INDIGENAS: TAREA Y COMPROMISO DE LA ANTROPOLOGÍA

Etnografías del suicidio en América del Sur es un libro que recoge varias reflexiones sobre un tema difícil. Miguel Aparicio y Lorena Campo han coordinado esta edición en la que 12 autores plantean el tema y dan claves para su comprensión. Para una intervención en las políticas de salud es indispensable la comprensión desde la antropologia. En esta primera entrega, Miguel Aparicio, uno de los autores, da su punto de vista. 

Miguel Aparicio

Me deparé con el problema del suicidio desde el inicio de mi militancia junto a los pueblos indígenas de la Amazonía brasileña, con los Suruwaha, en el valle del Purús. Entre los Suruwaha, el envenenamiento con barbasco ha adquirido proporciones conmovedoras, y se ha convertido en la principal causa de mortalidad entre ellos. El drama suruwaha pone en jeque nuestras concepciones sobre vida y muerte, y me hizo sentir la necesidad continua de avanzar en un mayor conocimiento del pensamiento de este pueblo indígena, dejando de lado nuestros presupuestos ya establecidos. Posteriormente, ante una percepción más amplia del suicidio en otros contextos de la Amazonía, mantuve diversos niveles de interlocución con las agencias del Estado que buscan una intervención directa sobre el problema, e intenté poner en destaque, sobre todo, las ideas indígenas sobre lo que nosotros llamaos suicidio – una categoría que no se encaja bien en lo que los pueblos amazónicos piensan sobre ese “camino de muerte”.  Así, en lugar de buscar “la mejor manera de intervenir”, comencé a priorizar la comprensión del punto de vista nativo sobre la vida, la muerte y sus procesos de transformación.

Me parece que un punto importante de contraste se sitúa precisamente alrededor del problema de la intervención. La antropología consiste, más que nada, en un esfuerzo por tomarse en serio las ideas nativas, y articular a partir de ellas su propio análisis.  Así, por ejemplo, no me parece que para los pueblos indígenas que he conocido la categoría suicidio que usamos en Occidente sea válida: ellos perciben estas muertes como una agresión externa de diversos sujetos del cosmos, y no como una autoeliminación voluntaria, deliberada, decidida de forma individual.  En diversas ocasiones me he encontrado con profesionales de salud pública y de las ciencias del comportamiento que priorizan, desde el primer momento, la urgencia de  la intervención, en un ritmo acelerado de producción de “diagnósticos” que sustentarán  formatos “terapéuticos”. En Brasil, por ejemplo, el departamento responsable por la asistencia sanitaria indígena en el Ministerio de Salud encuadra el problema del suicidio como un problema de salud mental, y prioriza una aproximación de corte individualista. La “salud pública” prefiere suministrar ansiolíticos a jóvenes indígenas en situación de conflicto, y deja de lado – como ocurre de modo alarmante con los pueblos Guaraní en Mato Grosso del Sur y en el sur y sudeste de Brasil – el reconocimiento y demarcación de las tierras indígenas, arrolladoramente invadidas por el latifundio, la ganadería industrial y la expansión de las commodities agrícolas. Si los derechos, territorios y costumbres de los pueblos indígenas fuesen respetados, el suicidio no adquiriría las proporciones que actualmente tiene.

Para una interlocución adecuada en el marco las políticas públicas, la aproximación etnográfica se hace imprescindible, y debe ser el punto de partida para la planificación de políticas de protección de la vida indígena. Las etnografías muestran algunas divergencias importantes con las concepciones convencionales de nuestra sociedad: en primer lugar, la inadecuación definitiva de las aproximaciones individualistas; y en segundo, la inadecuación de la categoría suicidio, lo que nos lleva a afirmar que cuando hablamos de este fenómeno unificamos procesos que son, definitivamente, diversos: cuando hablamos, por ejemplo, de suicidio suruwaha o de suicidio guaraní no estamos hablando de lo mismo.

Espero que la publicación fomente una red en dos niveles: en primer lugar, entre etnógrafos investigadores del continente, en las tierras altas y tierras bajas; y, en segundo lugar, entre investigadores y agencias públicas presentes en las comunidades locales donde emerge el suicidio, de manera que “ralenticemos”  el intervencionismo. Tal vez el libro ayude a dar un vuelco a la dirección de las cosas: en vez de buscar una acción de las agencias sobre las comunidades, la etnografía puede orientar un movimiento que nace de las cosmovisiones nativas, y modifica las visiones del Estado y de sus agencias. El suicidio indígena se ha convertido, últimamente, en un tema “en pauta”, lo que conlleva el riesgo de facilitar la irrupción de ideas precipitadas y de soluciones o “recetas” impertinentes. La lentitud de la etnografía que el libro contiene es, seguramente, un itinerario más seguro ante esta paradoja amerindia.

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